Paula Márquez Brandon

De "¿quieres ser mi amiga?" a "¿qué hay de malo en mí?"

De pequeña era una niña alegre, sociable y con muchísima energía. Era la pequeña de cuatro hermanos y en mi familia siempre decían que "Paula revoluciona el gallinero". Cuando íbamos a la playa y, en cuanto mi madre se despistaba, yo ya estaba sentada en la toalla de otra familia hablando con alguien o acercándome a algún niño con el siguiente mensaje:

"Hola, ¿quieres ser mi amiga? Me llamo Paula".

No pensaba si iba a caer bien. No pensaba si era suficientemente guapa, interesante o divertida. Nunca pensé que hubiera nada malo en mí. Simplemente era yo.

Hasta que, con 14 años, algo empezó a agrietarse. Empecé una relación de pareja que me acompañó hasta los 26. Dentro de ella fui viviendo experiencias que hicieron que me sintiera cada vez más pequeña, más insegura y menos elegida. Y cada vez que eso ocurría, me hacía la misma pregunta:

"¿Qué hay de malo en mí para que no me elija?"

Sin darme cuenta, empecé a volcar toda esa sensación de insuficiencia sobre mi físico. Mi cuerpo se convirtió en algo que tenía que mejorar constantemente: si conseguía cambiarlo, verme mejor, estar más delgada… quizá por fin dejaría de sentir que el problema era yo.

Hasta que mi cuerpo empezó a gritar todo lo que yo llevaba años callando: ansiedad, eczemas, alergias y dolores de estómago tan intensos que los escalofríos me recorrían todo el cuerpo, dejándome tirada en el sofá, llorando y retorciéndome de dolor.

Sentía que había acumulado tanto dentro de mí que, si algún día salía todo, arrasaría como un tsunami.

Pero no puedes huir de ti misma para siempre.

Con 26 años volví a sentir aquello que más temía: la traición. Volví a sentir que no me elegían.

Y entonces llegó el tsunami: todo lo que llevaba años conteniendo salió de golpe.

Durante meses repetía una frase:

"Me voy a dormir, que al menos así no siento nada".

Los siguientes tres años empecé a hacer algo que hasta entonces apenas había hecho: mirarme de verdad. A cuestionarme. A entender los patrones que llevaba años repitiendo. Y descubrí que aquello no iba únicamente de una relación o de mi cuerpo: la misma sensación estaba detrás de cómo entrenaba, cómo comía, cómo trabajaba, cómo descansaba, cómo me hablaba, y de por qué, hiciera lo que hiciera, nunca parecía suficiente.

Llevaba años intentando cambiar los síntomas sin haber entendido la verdadera raíz del problema: había construido mi vida alrededor de una creencia.

Tal y como soy, no basta.

Entonces volví a pensar en aquella niña de la playa. Yo no había nacido creyendo que no era suficiente. Lo había aprendido. Y si lo había aprendido, también podía desaprenderlo.

No dejé de entrenar. No dejé de cuidar mi alimentación. No dejé de tener objetivos ni de querer crecer. Cambió el lugar desde el que empecé a hacerlo: dejé de utilizar la mejora para demostrar mi valor y empecé a utilizarla para cuidarme. Empecé a descansar sin sentir que tenía que ganármelo, a poner límites aunque eso significara no gustar y a escuchar lo que necesitaba en lugar de exigirme constantemente lo que debía hacer.

Y de ahí nace lo que hago hoy. No porque tenga una vida perfecta ni porque ya no tenga inseguridades, sino porque conozco muy bien lo que ocurre cuando construyes tu vida alrededor de la sensación de que, tal y como eres, no basta.

Y también conozco lo que empieza a ocurrir cuando dejas de hacerlo.

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